Sala Cruce. Madrid, 1998
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VISIÓN EN ÁNGULO
Sala Cruce. Madrid. 1998. Un nuevo montaje, “Visión en ángulo”, Sala Cruce, Madrid 1998. Esta exposición pertenece a un ciclo de exposiciones colectivas que se realizaron en la Sala de Cruce. En esta ocasión expusimos: Juan Mercado, Guillermo Zuaznábar, Miguel Morales y yo. Cada artista tenía un espacio para presentar la obra, a mí me tocó la sala del fondo. El espacio era un cubo de tres por tres. La entrada a la sala estaba en una esquina. La luz era artificial, de tubo de neón. Estas son las características con las que contaba antes de empezar a realizar el proyecto. Hablemos un poco de la obra. En esta ocasión vuelve a ser pintura sobre tubos de cartón. Con dos diferencias respecto a la anterior obra de la que hemos hablado. La primera es el tamaño, que es justo la mitad. Estos cuadros tienen 50 x 50 cm. Son cuadrados, más cortos y pesan menos. La segunda característica es que están pintados por una cara, mientras que la otra obra iba pintada por las dos caras. Ya no me interesa el aspecto de circularidad, porque por la parte trasera van los datos técnicos del cuadro, a parte de la firma. Obra más pequeña y para visualizar por un solo lado. Decía que la intención es dar una idea de espacio en movimiento. Construir un espacio acorde con la obra. La visión y el movimiento son dos aspectos de la obra. Al pintar un tubo ilusorio o volumen por medio de un trampantojo, sobre un volumen físico real como el soporte del tubo, se activa una mirada cinética, donde volumen sobre volumen nos da sensación de plano. Las obras vibran, se mueven visualmente. Esta sensación de movimiento, es la que busqué en el montaje de los cuadros. La disposición de los cuadros era fundamental para reforzar el aspecto de movimiento en la sala. Con seis cuadros era suficiente para realizar el proyecto. Los cuadros más salientes estaban a dos metros de distancia de la pared. Los intermedios a un metro y los centrales a cinco centímetros. La distancia entre ellos iba de un metro a cincuenta y veinticinco. Medidas estudiadas para crear un orden visual. Con esta ordenación podía reforzar más el aspecto de ángulo en la sala. Para poder situar los cuadros en el espacio cúbico, me ayudé de tensores de acero. Sujetando los cuadros por cuatro puntos. Comentaba anteriormente que al ser cuadros de menor tamaño y tener menos peso, era necesario ponerles más puntos de anclaje. Dos cables al techo, dos cables al suelo. Al no poder taladrar el suelo, tuve que hacerme con ganchos que pudiese pegar y tuviesen fuerza para sujetar los cables. Los dos cuadros del centro estaban colgados en la pared, separados a cinco centímetros de esta, para dar sensación de flotar sobre la pared. La constante de las distancias era muy importante para que el público viese la obra por delante, sin tener la necesidad de pasar entre la obra. Los propios cables de acero entorpecían el paso entre los cuadros. Otro de los puntos importantes es la altura de colocación de las obras. La obra que estaba más alta empezaba por la derecha, desde esta iba descendiendo un centímetro por cuadro. Visión y movimiento en cascada. Con el sistema de montaje resuelto, me dediqué a trabajar la luz. Ya comenté que la sala disponía de iluminación artificial, tubos de neón. Para seguir trabajando la visión en ángulo, dejé encendidas las luces del esquinazo, apagando el resto que había en la sala. Toda la atención de la mirada estaba centrada en el ángulo del espacio. Para que la luz estuviese amortiguada y fuese suave, decidí pintar las dos paredes del rincón. Las pinté de color anaranjado claro. Ahora, la pared emitía una fluorescencia clara, suave, tamizando el espacio. Las luces bañaban el chaflán con armonía. La obra se podía ver bien por la intensidad de la claridad, pero al mismo tiempo, tenía la sensación de estar en una capilla. Un espacio recogido, donde los cuadros se podía sentir que estaban a gusto. Llegamos al final del proyecto “visión en ángulo”. Luces y obras dispuestas. Pero necesito de un elemento que recoja el espacio. Sino, todo se va hacia la esquina y pesa demasiado. Es entonces cuado introduzco la moqueta. Ya la había utilizado con anterioridad y me había dado buen resultado. En este caso me iba a servir para marcar un recorrido por el lugar. A modo de lengua y partiendo desde la puerta de entrada, se iba a extender. Moqueta de color azul, para contrastar con el naranja de fondo. Si en el caso de Granada, este elemento no se podía pisar, en esta ocasión, era todo lo contrario. Había que pisarla, recorrerla. Como si de una pasarela se tratara. Partía a dos metros a cada lado de la puerta. El recorrido funcionaba como si hubiésemos vertido un cubo de pintura azul sobre el suelo, desde la entrada de la sala. Era muy importante que la forma fuese redondeada, sin ángulos ni aristas. De este modo había una conexión con la forma circular de los tubos. |